miércoles, 8 de marzo de 2017

La Religión

“Usted ¿cree en Dios?” Esta fue una de las primeras preguntas que me hizo el psiquíatra. Recuerdo que le respondí: “Sí, soy creyente, pero no del Dios que me vendieron” Entonces le expliqué que nací en el seno de una familia muy religiosa, y aspiraba a que mis hijos también fueran creyentes, dándoles libertad de conciencia; vale decir sin rigor para la práctica religiosa, con total libertad y mucho menos con temor al castigo. No quería que mis hijos vivieran -como en nuestra generación- pendientes de la mirada de ese ojo perverso metido en medio de un triángulo que decía “Dios lo ve todo, aún nuestros pensamientos”.  Eso era peor que la novele “1984”. [1] Esa ficción me impactó a los 15 años y me hizo descubrir el valor de la libertad y lo terrible que es el miedo. Pero vayamos por parte.

Como he dicho en otros escritos, ninguno de los siete hermanos hicimos la primaria en escuelas públicas. Los primeros años asistimos como alumnos de maestras particulares y luego pasamos a colegios confesionales, salvo Eduardo y Donaldo que fueron a la Escuela Industrial, hoy ENET, después de pasar por el colegio San Pablo (Carmen de Areco) y Sagrado Corazón (Venado Tuerto). La razón por la que no fuimos a escuelas públicas, sin dudas se debía a la enseñanza laica. Había temor de que tergiversara la enseñanza religiosa.  Pero esa es otra historia.

Las oraciones

Hasta mi adolescencia (12/13 años) todos nos reuníamos en el dormitorio de nuestros padres y arrodillados alrededor del lecho conyugal, rezábamos en inglés los doce misterios del rosario que incluía la letanía lauretana.

Ya grandes, casados y con familia, cuando visitábamos a los viejos los días domingos, en pleno verano y  avanzada la noche, nos sentábamos a charlar en el patio y oíamos a los viejos desgranar los misterios del rosario antes de dormir. Así lo hicieron hasta el último día de sus vidas.

Mi madre era muy conservadora; no así mi padre, que era muy creyente, pero con criterio propio. Según tengo entendido se confesaba una vez al año y lo hacía cuando llegaba a casa algún cura irlandés. Tampoco era una confesión al estilo latino, más bien era una conversación entre amigos. Ya en su ancianidad lo asistió el P. Santiago Kenny, pero no mucho más que eso.

Después de la gran misión que se realizó en Venado Tuerto en mayo de 1957, se formó una comisión parroquial, y gracias a la donación  de la señora Rosa Iturbide de Otero, se adquirió un terreno en la misma esquina (EEUU y 3 de febrero) donde los misioneros habían levantado una carpa. De inmediato la comisión se abocó a la construcción de la capilla en la parte trasera del terreno, lo que actualmente es el salón parroquial. Los cimientos de esa construcción fueron construidos por mi padre y don Nicolás Caporella, entre otros. Sin dudarlo fueron muchos más los que colaboraron, pero estos dos ancianos iban todos los días a trabajar en la edificación.  Con esto quiero señalar que mi padre no era un renegado, todo lo contrario, prestaba su colaboración porque era muy creyente y hacía público su acto de fe en donde y cuando fuere necesario; siempre defendió su fe ante sus detractores.

Por eso, tal vez, no soportaba a quienes embarraban la cancha. No soportaba a aquellos que, según él decía, “quieren ocupar el lugar del cura”, o sea aquellos monigotes que asumen el rol del sacerdote, y que por lo general son “imitadores” escondidos en el armario. En aquellos años pululaban por las sacristías personajes de poca monta apegados al uso de vestimentas ornamentales que revoleaban para llamar la atención de la feligresía. Una fantochada que lamentablemente los sacerdotes, por conveniencia, incentivaban.

Hoy los diáconos están muy ligados al párroco y lo reemplazan en  muchas ceremonias. Según dicen, se debe a la falta de sacerdotes, pero también es  una manera que tienen éstos de librarse de muchos compromisos.  Conocí el caso de un diácono que se tomó el buque después de conquistar a un conjunto de fieles y armó su propia secta. Hoy lo siguen numerosas personas y desde allí le hace pito catalán al obispo de turno. Estos personajes se vuelven ultra conservadores y, como en la inquisición, blanden la espada y quieren capar al primero que les lleva la contra. Utilizan el temor  para atraer a sus seguidores que se vuelven sumisos y cumplen lo que el pastor les ordena. Práctica que todavía está vigente. 

Si nos ponemos a analizar la actualidad, lo viejos sacerdotes están más renovados que los jóvenes y sin dudas mejor preparados que los consagrados de apuro. Los novatos se calzan una túnica, se hacen de un libro de oraciones y se toman la libertad de pontificar y dar cátedra teológica. En los sepelios se nota la densidad de sus discursos cuando los familiares del finado se miran unos a otros como diciendo: “… ¿y este cuando la corta?”. Directamente se van de mambo.

Consejos del viejo

Un día mi viejo me dijo “No le des demasiada autoridad a los curas en tu hogar; es mejor mantenerlos en su lugar, porque de lo contrario, van a mandar más que vos en tu propia casa”.  Si mi madre hubiera escuchado esto, lo hubiera reprendido. Un día ella me pidió que fuera a comprar comestibles porque a la hora del té iba a llegar el Padre X. Yo simplemente atiné a decir “Wow! Again that fellow!”  (¡Ufa! ¡Otra vez ese tipo!) ¡Para qué! Mi madre se puso furiosa porque había calificado al cura como “ese tipo”. Desde ese entonces me cuidé de opinar sobre los clergymen. Ella los consideraba elegidos de Dios, y los atendía como duques. Donald Wheeler me contaba que su abuelo llevaba un diario detallado de todos los hechos acontecidos día a día en su establecimiento rural de Cafferata. En cierta ocasión se realizó una misión religiosa en el pueblo y entre otras cosas el viejo escribió: “…las mujeres se fueron al pueblo a la misión. A las 5 de la tarde no queda nadie en casa. Me pregunto qué poder tienen los curas para atraer ciegamente a las mujeres…”  Palabras más palabras menos.

Pero también mi viejo me decía: “No te fíes de aquellos que andan todo el día con la Biblia bajo el brazo…” Esta referencia apuntaba a los evangelistas (o protestantes) ante las  malas experiencias que tuvo con algunos compañeros del ferrocarril que citaban permanentemente pasajes bíblicos como si ellos fueran impolutos. Eran fanáticos fariseos modernos, que conocían todos los capítulos y versículos de memoria, pero nada más, porque por dentro eran huecos, por no compararlos con los sepulcros blanqueados por fuera. Por eso decía no confiar en aquellos que permanentemente cacarean predicando pasajes bíblicos para los otros, pero no para sí.

Retiros Espirituales

En nuestra familia nunca se rezaba antes de las comidas; tampoco nos santiguábamos al pasar frente a una iglesia. Según relatos ancestrales, esta costumbre proviene de Irlanda. En la época de la dominación inglesa, éstos oraban rigurosamente antes de las comidas, mientras que el irlandés, además de tener muy poco (o nada) para comer, quería diferenciarse de su mandón protestante. Lo mismo sucedió con persignarse frente a un templo católico, y eso se debe a que estaba prohibido por los ingleses. Por eso es llamativo cómo el latinoamericano, en términos generales, ha adoptado persignarse ante cualquier acto en el que participa, lo vemos muy a menudo entre los deportistas en sus distintas disciplinas, como así también llevar pendiente un rosario en el espejo retrovisor del automóvil o a modo de collar. Se me ocurre que esto es más bien un amuleto de buena suerte.

El primer retiro lo hice cuando ya era padre de familia. Para mí fue toda una novedad; llegar a un lugar y no poder hablar con el resto de los asistentes, fue poco divertido. Esto lo digo con total sinceridad, me pareció un absurdo; estaba desorientado y me moría de las ganas por hablar, de comunicarme con los demás…  Hoy me pregunto ¿cómo es que durante mi concurrencia al Colegio Sagrado Corazón nunca asistí a estas clausuras? Tampoco lo hacían mis padres y hermanos, salvo Patricia y Shiela, si mal no recuerdo, hicieron uno o dos siendo alumnas del colegio Santa Rosa. ¿Sería esta una nueva  picardía clerical para captar adeptos? No sé, ahora ya no importa. Lo que sí recuerdo es que este retiro lo hice en la Estancia “La Victoria” propiedad de los salesianos, y estaba dirigido por un sacerdote francés, petiso, de gran verborragia e hiperquinético. Debo admitir que el cura era brillante, muy lejos de los locales que eran (son) fachos, todavía no entienden la democracia. Ni hablar de los curas gallegos que llevaban la estampa de Franco en la frente.  Era increíble escuchar a los asistentes polemizar con el cura. ¡El 80% consideraba que con la democracia las cosas habían empeorado! Era el año 1985, y  hacía escasamente un año que habíamos recuperado la democracia después de años de desencuentros. El francés no podía hacerles entender que la democracia, llena de defectos, era lejos, pero muy lejos mejor que una dictadura. Pero no, los tipos no entraban en razón. Para colmo de males yo pertenecía a la UCR, que si bien no era un partido anti nada, a los curas no les caía muy bien. En el grupo estaba Roberto A., un amigo con el que compartí la organización de la tradicional despedida de los soldados cuando nuestra clase fue convocada para cumplir con la colimba obligatoria. Roberto también era de extracción radical, aunque no militaba, mientras que yo pertenecía al partido desde mucho antes de cumplir mis 18 años cuando comencé a militar de la mano del profesor Leonardo Priotti. Roberto no era ninguna marmota, sabía de religión más que cualquiera de los presentes, de manera que todo lo que ahí se trataba, no era novedad para él.

Durante uno de los almuerzos muy magros del encierro, Roberto osó decirme en voz baja: “Tomá, te doy mi plato, no  te quedés con hambre” y cuando me decía esto, todos los olfas que guardaban “riguroso silencio” (atados a la ley como los fariseos) nos miraron como si hubiésemos blasfemado. La actitud de esta sarta de boludos me llevó a rechazar todas estas prácticas retrógradas e inservibles (para mí, tal vez a otros no) que hasta el día de hoy se practican. Debo aclarar que Roberto es vegetariano, razón por la que no come lo que deriva de la carne, por eso me ofreció los tallarines cubiertos con salsa elaborada con carne vacuna.  Cuando hacíamos un alto de las charlas o “clases de teología”, que eran densas e interminables, salíamos a caminar de dos en dos por el parque para reflexionar sobre lo escuchado y sacar conclusiones. En eso estábamos con Roberto cuando vimos a la distancia a dos santones caminando a paso vivo de un extremo al otro del parque con las manos juntas (signo de santidad) sosteniendo un rosario cada uno mientras recitaban en voz alta (para los oídos de los demás) los misterios. Iban y venían zarandeando la ristra. Era un espectáculo Fellinesco, por lo grotesco y cómico, aunque muy desagradable y me voy a abstener de decir por qué. Ese fue mi primer retiro espiritual del que salí más abombado y deprimido que nunca. Pero al lado de lo que vino después, esto era una fiesta.

Llegaron los carismáticos

En una ocasión llegó a Venado Tuerto un tal Osvaldo Cuadro Moreno, predicador laico. Vino con su esposa y otros matrimonios jóvenes que se dedicaban a predicar los Evangelios con un tinte light de sanación carismática. Moreno  era un ex seminarista, y como todo “pastor” evangélico que se desprende de su iglesia, formó una secta para provecho propio. En este caso Monseñor Justo Laguna lo retuvo bajo su órbita, y le dio vía libre para que llegara a la gente a través de lo que se llama la “renovación carismática” que consiste en expresarse con movimientos corporales, tales como levantar las manos, bajarlas, aplaudir, bailar, etc. etc. La cuestión es que esta gente hizo pie en la Parroquia San Cayetano, y comenzó su actividad pastoral invitando a los fieles a congregarse para unas “charlas”. Más tarde nos enteramos que habían venido expresamente a Venado Tuerto  para contrarrestar los efectos adversos que estaban produciendo las fechorías del Obispo Mario Picchi, de triste memoria, y competir con la masiva irrupción de sectas que levantaban escenarios por los cuatro costados de la ciudad y arrastraban a multitudes de  incautos. Una de esas primeras incursiones sectarias se instaló en el baldío frente a Plaza San Martín, donde estaba la mansión Andueza. Lo hicieron con un gigantesco palco con grandes altavoces, música y prédicas bíblicas que atraía a multitudes que buscaban bienestar económico algunos y salud corporal otros; esto derivó en quejas del vecindario que se encontró invadido por gritos desaforados del circunstancial predicador sanador que chillaba a los cuatro vientos: “En el nombre de Jesús, amén y amén” después de insistir una y mil veces: “¡Sal de ahí Satanás, en el nombre de Jesús, sal de ahí!” y así sucesivamente con la misma cantinela mientras curaba muelas careadas,  úlceras, gastritis, renqueras y otros males. Era un show no muy fácil de digerir durante cuatro o cinco horas de la noche.

Cuando el matrimonio Cuadro Moreno se instaló en San Cayetano, les trabajaron la moral a las mujeres, y éstas arrastraron a sus maridos (entre los que me cuento). El asunto es que hacían hincapié en la “La Sanación” un típico enganche de las sectas. No quiero entrar en detalles, pero yo no la pasé muy bien porque mi esposa era la que estaba “embelesada con el matrimonio”, que no eran otra cosa que dos chantas, aunque debo reconocer su gran habilidad para convencer. Me sorprendió que un amigo halagara los libros escritos por este pastor, porque yo particularmente los utilizaría para equilibrar una mesa coja.

Como dije antes, el hombre era muy hábil por naturaleza, aunque seguramente hizo cursos de perfeccionamiento en comunicación. Primero copaban el ambiente parroquial y luego lentamente se iban metiendo en cada una de las casas de quienes se habían ofrecido de “manzaneras” para acompañar a los matrimonios del clan, que visitarían distintos sectores del barrio. Lo hacían llevando una imagen de la virgen María o de San Cayetano, llamaban en las casas y si lograban entrar hacían una oración y convencían al vecino para que recibiera la imagen durante un día en su casa. Más adelante, esta misión recaía sobe la persona del barrio que los acompañaba. Así hicieron la campaña inicial y una vez cubierto el sector, la responsabilidad de misionar recaía sobre la persona designada para cada sector. En realidad la gente los recibía muy bien, especialmente en los sectores humildes donde las creencias están mucho más arraigadas.  

Mientras tanto el clan hacía averiguaciones sobre los bienes materiales de las manzaneras.  Yo caí en la volteada, pero como vislumbré cómo venía la mano y me mantuve “relativamente” firme para que no me llevaran por delante, tropecé con mi esposa y eso nos trajo algunos problemas familiares que felizmente fueron superados. Conclusión: “Si te convencían, te consideraban integrante de la secta y tus bienes pasarían a formar parte del patrimonio de de la organización” Más clarito echále agua.

Debo aclarar que a mi me salvó una situación particular. En esos días se había roto un caño de agua en mi casa y debí romper toda la pared de la mesada para renovar la cañería, por consiguiente la cocina estaba peor que una casa en Kosovo después de la guerra. Por eso, tal vez,  no mostraron mucho interés en el rancho. ¡Ah! Encima les serví la cena con vino tinto “Uvita” en caja, con lo que quedó demostrado que la mishiadura era muy grande y en vez de aportar dinero para la causa, más bien tenían que dejar una colaboración para la reparación, lo que por cierto, no sucedió, pero se fueron llenos de agradecimiento y no volvieron nunca más.

A nivel parroquial, el asunto comenzó a complicarse para esta gente cuando se pusieron “muy densos” y la gente comenzó a cansarse y a  sospechar que había otros intereses detrás de toda esta milonga.  En esos días en la Parroquia San Cayetano se produce un cambio de párroco y un grupo de matrimonios recurrimos al flamante mandamás del barrio a plantearle la situación. Como bien dice el refrán “Escoba nueva barre bien”, y el nuevo párroco haciendo uso de su autoridad, y a fin de entrar con el pie derecho, tomó el toro por los cuernos y nos liberó de estos pegotes que, como dije, se habían puesto muy pesados.
 
Otra vez sopa

Pero la cosa no terminó ahí. Después de este cimbronazo se vino otro. A mi esposa le habían trabajado la moral para que ingresara al movimiento “Cursillos de Cristiandad”, pero para ello, era necesario que el marido hiciese el cursillo “antes” que la mujer. Sin dudas, una trampa ideal para dominar la situación familiar. Encima, todo se manejaba “en secreto” (como en las sectas, un círculo cerrado donde nadie puede entrar sin rendir examen o dar testimonio de fidelidad, un ardid ocultista). Yo puse el grito en el cielo y dije que no iba a ir a ningún retiro espiritual, pero los muy pícaros decían que “no se trataba de un retiro espiritual” e insistían una y mil veces, hasta que cedí a la presión de adentro y de afuera y me presenté.

Resumiendo: No era un retiro espiritual, era peor. Un lavado de cerebro descomunal y encima usando a la familia como medio para presionar al que está enclaustrado. Después me enteré que este movimiento era originario de España de la época de la guerra civil y era comandada por curas franquistas allá por las décadas del 40/50. No por casualidad el “gran cursillista argentino” era el inefable General Juan Carlos Onganía.  Acá tampoco voy a entrar en detalles porque no viene al caso, pero debo acotar algo realmente desagradable. El “director” del cursillo al que asistí en Aarón Castellanos, era un tal Marino que residía en la  localidad de Pérez, cerca de Rosario, y era afilador de cierras. El oficio no tiene nada que ver (lo aclaro simplemente para identificar al personaje), pero el fanatismo y el léxico utilizado por este hombre era tan  facho que desde el vamos me puso en alerta. Tiempo después, según las crónicas periodísticas, estuvo involucrado en un caso de antisemitismo en Rosario, lo que corrobora lo que digo.

Sin dudas, el movimiento de cursillo de cristiandad -a mi modo de ver- es una de las muchas sectas enquistadas en la Iglesia, que no hace ni bien ni mal, pero que fanatiza a los que “descubren” a Cristo, y los convierte en arma de doble filo. Salen de esos tres días de intenso lavado cerebral con unas ínfulas salvíficas y están dispuestos a derribar los muros que obstaculicen la misión que se les ha encomendado. Cerrados como culo de botella.

Para finalizar sobre este tema, terminado el cursillo se hace un gran encuentro con todos los cursillistas y sus familiares en un salón donde cada uno expone su experiencia de tres días de encierro. Recuerdo a un amigo del colegio, un profesional prestigioso de Venado Tuerto, que estaba ahí adentro como yo, presionado, me preguntó: “Walita (así me llamaba) ¿vos sentís lo mismo que esta gente?” Yo lo miré sorprendido y comprendí que él estaba igual que yo: Atontado. No podíamos creer que hombres grandes dijeran tantas tonteras y se pusieran a llorar como niños. “¡No! -le respondí- ¡No sé que le pasa a estos muchachos!” Entonces él me respondió: “Están pasados de rosca mística”

Hoy no reniego de mi fe religiosa. Soy creyente y me autodefino como Católico, Apostólico (no Romano). Debo admitir que este principio se lo copié a un gran  amigo: John Clancy, que ya anda por los 90, y fue tesorero de la Federación de Sociedades Argentino Irlandesas cuando presidí la institución durante dos períodos: 2008 / 2012. John es de aquellas personas muy particulares que dicen “no sé de qué se trata, pero estoy en contra”.  Pero esta manía de John no es más que una coraza que utiliza ante la sarta de pícaros que andan siempre revoloteando la federación buscando un trampolín para colarse en cuanto acontecimiento social puedan colarse. Simplemente buscan servirse de la comunidad, jamás servir a la comunidad. Un mal que existe en todos los ámbitos.  

El derrumbe

Mi posición crítica hacia los dirigentes de la Iglesia Católica Argentina comienza con el proceso democrático reiniciado en diciembre de 1983. Durante el gobierno del Dr. Raúl Alfonsín, la cúpula eclesiástica se enfrentó al gobierno democrático, al que obstaculizó en todos sus frentes. En ese momento el gobierno le estaba “pisando los callos” a la corporación religiosa que, en connivencia con la central obrera (CGT), le hacía la vida imposible, además de mostrarse claramente  a favor de las sublevaciones que protagonizaron personajes nefastos como Aldo Rico y Mohamed Seineldín, además del  inefable Saúl Ubaldini, un mediocre sindicalista que estaba al frente de la CGT y que nunca reparó en el daño que le infligió al país con los 13 paros generales que la central obrera organizó y que significaron pérdidas millonarias para los argentinos. No hace falta que describir acá todo lo que aconteció en esos años, pero la organización eclesiástica, que era tan mansa con la dictadura, fue terriblemente virulenta con la democracia. Como dije antes, está demás ampliar lo sucedido en aquellos años, pero sí recordar a quienes con tanta saña se empecinaron en voltear al gobierno del Dr. Alfonsín: Juan Carlos Aramburu, Emilio Ogñenovich, Desiderio Collino, Antonio Quarrachino, Antonio Plaza, Raúl Primatesta, por citar algunos de los integrantes de una caterva de personajes aciagos para la Iglesia Argentina. 

Desde ese entonces, se inicia mi rebeldía contra estos personajes que perdura y se acrecienta con el tiempo, especialmente cuando veo con pena que un sacerdote argentino ungido Pontífice de la Iglesia Católica actúe con tanto desprecio hacia quienes institucionalmente representan al gobierno  argentino, mientras apaña a una sarta de delincuentes procesados que pugnan por fotografiarse con él y que los reciba tan alegremente como si fueran lo más granado de la política argentina. No hace falta que agregue más sobre esta vergonzosa y lamentable actitud de quien hoy representa a la Iglesia Católica en el mundo.




[1] Novela de George Orwell que fue llevada al cine en 1956 con Edmond O’Brien como actor central.

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